A lo largo de toda esta temporada de
insomnio, Anaïs recordó todas aquellas magníficas novelas de la literatura norteamerica, las obras sublimes de Frank Capra o las bandas de jazz que, aún desconocidas, se distribuían en distintas calles de Manhattan.
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Ahora pasaré al homenaje de mi habitación.Y es cierto, exceptuando alguna cafetería casual o algunas tardes puntuales en Central Park, la cuna de su lectura había sido su habitación.
- La cantidad de veces que habré pensado en este
cuchitril. Y sin embargo nunca he escrito ni he hecho ningún tipo de referencia literaria sobre él
. Anaïs sabía la dificultad que desentrañaba conciliarse con un entorno habitado frecuentemente. En primer lugar, achacó este desconocimiento a la obsesión que le habían provocado las obras leídas recientemente. En las dos horas siguientes despotricó contra la neurosis de los neuyorquinos. Una idea le llevó a otra. Y al final acabó respondiendo a otras preguntas.
Después de un rato, concluyó:
- Sin duda, la culpa es de los no- neoyorquinos que viven en Nuevo York. Sí. Son ellos. No paran de charlotear sobre Nueva York. Se reúnen en la calle para exponer sus nuevas y lúcidas teorías. Y además, les encanta fardar de lo bien distribuida que está la ciudad. De su perfecta organización y eficacia.
La neoyorquina miró su cuarto. Sonriendo concluýó:
- Estos no conocen la desorganización de mi habitación.